Seiscientas visas menos y dos más
El 12 de agosto leí que Estados Unidos había revocado más de seiscientas visas como parte de una nueva estrategia contra el llamado “turismo de nacimiento”.
La noticia apareció precisamente el mismo día en que supe que mi nueva visa TN había sido aprobada. También fue aprobada la visa derivada de mi esposa.
Mientras el gobierno estadounidense anunciaba cientos de cancelaciones, nosotros recibíamos las visas que nos permitirían regresar a casa.
Las visas son curiosas. Físicamente no son más que una calcomanía pegada en el pasaporte, pero alrededor de ellas caben trabajos, familias, mudanzas y vidas enteras. Una sola palabra dentro de un sistema puede permitirte continuar con tu vida o dejarla suspendida indefinidamente.
En nuestro caso, el trámite parecía sencillo. Mi petición de trabajo ya había sido aprobada y llevaba todos los documentos necesarios. Después de casi nueve años viviendo en Estados Unidos y de haber pasado varias veces por este proceso, uno pensaría que ya estaría acostumbrado.
Pero nunca lo estoy.
La entrevista transcurrió con normalidad. Al terminar, la cónsul me explicó que nuestros casos no estaban rechazados. Solamente teníamos que pagar una cuota de reciprocidad.
Se quedó con nuestros pasaportes y documentos, como normalmente sucede cuando una visa será aprobada.
Entonces me entregó una hoja que hacía referencia al artículo 221(g).
Ahí comenzó la confusión.
La cónsul acababa de decirme que todo estaba bien, pero el documento indicaba que las visas no podían ser emitidas. En términos legales, el 221(g) representa una negativa temporal mientras falta algún requisito. En términos humanos, recibir un papel relacionado con un rechazo se siente exactamente como recibir un rechazo.
Era una situación extraña: me habían dicho que podía estar tranquilo, pero me habían entregado un documento que parecía sugerir lo contrario.
Lo único pendiente era el pago. La cuota era de 357 dólares por persona: 357 por mi visa y otros 357 por la de mi esposa. En total, 714 dólares que debíamos pagar mediante un sistema en línea.
Hicimos los pagos y comenzó otra forma muy particular de espera: revisar una página que casi nunca explica realmente lo que está sucediendo.
El sistema solamente mostraba que la solicitud había sido recibida. No decía si el pago ya estaba asociado, si alguien revisaba los documentos o cuándo habría una respuesta.
Hasta que finalmente apareció la palabra que queríamos leer:
Approved.
No hubo música, ni confeti, ni una celebración cinematográfica. Solamente una palabra en una pantalla. Sin embargo, detrás de ella estaba la posibilidad de regresar a San Diego y continuar con la vida que mi esposa y yo hemos construido desde que dejamos Monterrey.
La noticia sobre las visas revocadas adquirió entonces un significado distinto.
El gobierno estadounidense creó un grupo encargado de revisar historiales de viaje e identificar a quienes ingresan con una visa temporal con el propósito deliberado de dar a luz en el país. También busca perseguir a las empresas que organizan estos viajes, enseñan a sus clientes a mentir o incluso falsifican documentos.
Puedo entender el argumento.
Un país tiene derecho a establecer reglas y a exigir que las visas se utilicen para el propósito por el que fueron concedidas. La ciudadanía no debería ser una mercancía incluida dentro de un paquete turístico.
Pero también sé que detrás de la expresión “extranjero con visa temporal” existen historias muy diferentes.
Mi hija nació en Estados Unidos. No porque mi esposa y yo hubiéramos viajado hasta allá para conseguirle un pasaporte, sino porque para entonces llevábamos alrededor de siete años viviendo en el país. Allí estaban nuestra casa, mi trabajo, nuestros médicos y toda nuestra vida cotidiana.
Michelle no fue una estrategia migratoria.
Fue nuestra hija.
Ese matiz resulta evidente cuando se conoce la historia completa, pero los sistemas migratorios rara vez conocen historias completas. Conocen categorías, fechas de entrada, tipos de visa y registros almacenados en alguna base de datos.
Para el sistema continúo siendo un trabajador temporal, aunque llevo casi nueve años viviendo en Estados Unidos. Aunque allí nació mi hija. Aunque allí pago impuestos y regreso cada noche al lugar que llamo casa.
La visa TN tampoco es una residencia permanente ni una promesa sobre el futuro. Es solamente una autorización para continuar trabajando mientras cumpla con determinadas condiciones. Una especie de recordatorio periódico de que la vida que uno ha construido descansa sobre permisos que deben renovarse.
Durante esos días también había una canción que parecía sonar en todas partes: Choosin’ Texas, de Ella Langley. En ella, alguien termina descubriendo que el corazón de otra persona siempre estuvo inclinado hacia Texas.
Por alguna razón, la canción se me quedó pegada más de lo normal.
Supongo que algunos lugares comienzan a llamarnos mucho antes de que sepamos explicar por qué.
Mi primera TN, en 2017, abrió una puerta que jamás imaginé que pudiera abrirse. Esta nueva visa no representa el inicio de aquella vida, sino la posibilidad de continuarla.
Un sistema migratorio sin reglas pierde su integridad. Pero uno incapaz de distinguir entre el fraude y una vida construida de buena fe también puede perder su sentido de justicia.
Ese día, el gobierno estadounidense anunció que más de seiscientas visas habían dejado de ser válidas. En alguna oficina consular, al mismo tiempo, alguien decidió que las nuestras podían ser aprobadas.
En las estadísticas oficiales, probablemente ambos hechos serán apenas números.
Para nosotros, aquellas palabras en una pantalla significaron algo mucho más sencillo y mucho más grande:
Todavía podemos volver a casa.
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