La ley de la atracción, trece años después

El 9 de febrero de 2013, un día antes de cumplir veinticinco años, publiqué en este blog una entrada titulada “Ley de la Atracción”.

En aquel texto hablaba de El Secreto, de Rhonda Byrne, y de esa idea según la cual nuestros pensamientos pueden atraer determinadas cosas a nuestra vida. Era un tema sobre el que había leído bastante y que despertaba enormemente mi curiosidad.

Han pasado más de trece años desde entonces. Al volver a leer aquella entrada encuentro la forma de pensar de alguien que todavía no había vivido muchas de las cosas que terminarían marcando su vida.

Sin embargo, hay algo en lo que aquel joven y yo seguimos estando de acuerdo: todavía creo que la ley de la atracción funciona.

Lo que ha cambiado es que antes hablaba de ella principalmente a partir de lo que había leído. Hoy hablo desde cosas que me han sucedido y que todavía no encuentro la manera de explicar por completo.

Soy ingeniero. Mi mente está acostumbrada a buscar causas, consecuencias y explicaciones lógicas. No creo que baste con sentarse en el sillón, desear algo con mucha intensidad y esperar que aparezca mágicamente. Tampoco creo que el universo funcione como una especie de catálogo en el que uno hace un pedido y solamente espera a que llegue.

Pero hay momentos de mi vida en los que he deseado algo con todas mis fuerzas y, poco después, las circunstancias se han acomodado de una manera tan precisa que me resulta difícil atribuirlo únicamente a la casualidad.

La primera vez que lo sentí con verdadera fuerza fue poco antes de venir a vivir a San Diego.

En ese momento mi esposa y yo vivíamos en Monterrey. Yo llevaba tiempo esperando que apareciera una oportunidad para trabajar en Estados Unidos, pero la posibilidad no terminaba de concretarse. Seguíamos posponiendo decisiones importantes mientras esperábamos algo que no sabíamos si realmente iba a suceder.

Hasta que un día mi esposa me dio una especie de ultimátum: o conseguía una oportunidad real para irnos, o aceptábamos que nuestra vida estaba en Monterrey y comenzábamos a construirla ahí. Eso significaba comprar una casa, echar raíces y dejar de vivir esperando una posibilidad incierta.

Sus palabras me cayeron como agua fría.

No porque la vida que me proponía fuera mala. Al contrario, era una vida perfectamente razonable. Pero aceptar aquella decisión significaba cerrar una puerta que yo todavía no estaba preparado para abandonar.

En aquel tiempo me identificaba como ateo. En teoría, no creía que hubiera nadie escuchando del otro lado. Aun así, aquella noche —o durante aquellos días, porque ya no recuerdo el momento exacto— hice algo que no acostumbraba hacer: le pedí ayuda a Dios y al universo.

Lo hice con una intensidad que nunca había sentido.

No sé exactamente a quién pensaba que le estaba hablando. Tal vez a nadie. Tal vez a mí mismo. Quizá la desesperación tiene la capacidad de derribar, aunque sea por un momento, las certezas intelectuales con las que uno intenta ordenar el mundo.

Lo único que recuerdo con claridad es cuánto deseaba aquella oportunidad.

Semanas después, apareció.

Yo trabajaba desde Monterrey en un proyecto relacionado con una compañía de San Diego. Cuando aquel proyecto llegó a su fin, se presentó la posibilidad de integrarme directamente al equipo y mudarme a Estados Unidos. De pronto, aquello que durante tanto tiempo había parecido lejano comenzó a avanzar: el trabajo, la visa, la mudanza y una vida completamente distinta.

En mayo de 2017 dejamos Monterrey y llegamos a San Diego.

Por supuesto, la oportunidad no apareció de la nada. Para entonces ya tenía años de experiencia, hablaba inglés y había demostrado mi trabajo dentro del proyecto. Si no hubiera estado preparado, probablemente la puerta se habría abierto para otra persona.

Pero una cosa es estar preparado y otra muy diferente es que la oportunidad llegue.

Uno puede estudiar, trabajar, acumular experiencia y hacer todo lo que se supone que debe hacer, y aun así pasar años esperando una oportunidad que nunca aparece.

Estar preparado no hace que llegue la oportunidad, pero sí permite aprovecharla cuando aparece.

Lo que nunca he podido explicar del todo es el momento en el que aquella oportunidad se presentó: apenas unas semanas después de haber pedido ayuda con más fuerza de la que jamás había pedido nada.

Podría considerarlo una coincidencia. De hecho, durante mucho tiempo eso fue lo más sencillo.

Hasta que volvió a suceder.

Años después perdí mi trabajo. Tras haber construido una vida en Estados Unidos alrededor de mi carrera, de pronto me encontraba sin empleo y con una situación migratoria que también dependía de conseguir otro.

Como si eso no fuera suficiente, apenas unos días después del despido mi esposa y yo descubrimos que nuestra hija venía en camino.

Es difícil explicar la mezcla de emociones de aquellos días. La noticia del embarazo era una alegría inmensa, pero llegó acompañada de una incertidumbre que no me permitía disfrutarla por completo. Ya no se trataba solamente de encontrar otro empleo. Necesitaba proteger la vida que habíamos construido y responder por una familia que estaba a punto de crecer.

En medio de esa incertidumbre, mi esposa y yo escribimos una carta.

En ella pusimos las características del trabajo que necesitábamos. Pedimos que fuera remoto para que yo pudiera estar en casa durante el embarazo y, más adelante, cerca de nuestra hija. Pedimos un salario determinado, apoyo para mi visa y otras condiciones que en ese momento parecían difíciles de encontrar reunidas en una sola oportunidad.

Después colocamos la carta debajo de una figura de la Virgen de Guadalupe.

No lo hicimos como un experimento. Tampoco estábamos tratando de comprobar ninguna teoría. Lo hicimos porque teníamos miedo, porque necesitábamos esperanza y porque, cuando uno siente que está perdiendo el control de su vida, a veces no queda más que pedir ayuda.

Pasó el tiempo y las cosas comenzaron a acomodarse.

Conseguí un trabajo bien pagado, remoto y con el apoyo migratorio que necesitaba. Ese empleo me permitió acompañar a mi esposa durante el embarazo y estar en casa durante los primeros meses de vida de nuestra hija. Terminé trabajando para PlayStation, algo que el muchacho que escribió aquella entrada en 2013 probablemente tampoco habría imaginado.

Con el paso del tiempo se fueron cumpliendo, una por una, las cosas que habíamos escrito en aquella carta. Incluso llegaron otras que ni siquiera habíamos incluido porque en ese momento nos parecían demasiado lejanas.

Nuevamente, existe una explicación lógica.

Yo no conseguí ese trabajo solamente por haber escrito una carta. Tenía años de experiencia y había dedicado gran parte de mi vida profesional a prepararme. Envié solicitudes, hablé con reclutadores, pasé entrevistas y tuve que demostrar que podía hacer el trabajo.

Nada de eso desaparece por creer en la ley de la atracción.

Pero también es cierto que muchas personas están preparadas y no reciben la oportunidad que necesitan. Uno puede tener experiencia, talento y disposición, y aun así encontrarse con el correo de rechazo, con la llamada que nunca llega o con circunstancias que simplemente no se acomodan.

Por eso no me convence la idea superficial de que basta con “pensar positivamente”. Mucho menos creo que quien no obtiene lo que desea es porque no lo quiso con suficiente intensidad. Sería una forma muy injusta de explicar el dolor y las dificultades de los demás.

Tal vez una parte de la ley de la atracción tenga una explicación psicológica. Cuando definimos con claridad lo que queremos, comenzamos a reconocer posibilidades que antes pasaban inadvertidas. Cambian nuestras decisiones, nuestra manera de actuar y la energía que estamos dispuestos a invertir. Escribir aquella carta también nos obligó a poner en palabras nuestras necesidades y a concentrar nuestros esfuerzos en ellas.

Todo eso tiene sentido.

Pero no estoy seguro de que sea suficiente para explicar el momento preciso en que algunas cosas han llegado a nuestra vida.

A los veinticinco años creía tener respuestas bastante claras sobre lo que existía y lo que no. Trece años después sé mucho más sobre el mundo, pero tengo menos certezas. Hay experiencias que mi parte racional continúa llamando coincidencias, mientras otra parte de mí sospecha que quizá fuimos escuchados.

No sé si fue Dios, la Virgen, el universo, la casualidad o una combinación de esfuerzo y circunstancias. Tal vez la ley de la atracción no sea realmente una ley, sino el nombre que le hemos dado a ese punto misterioso donde se encuentran el deseo, la preparación, la acción, la fe y la oportunidad.

Lo que sí sé es que algunas de las cosas que más intensamente he pedido terminaron llegando a mi vida de maneras y en momentos que todavía me cuesta explicar.

En 2013 escribí sobre la ley de la atracción desde lo que había leído en algunos libros. Hoy escribo desde lo que me ha tocado vivir.

No puedo demostrar que funcione. Tampoco puedo asegurar quién o qué escucha cuando uno pide algo con todas sus fuerzas. Pero después de todo lo que nos ha sucedido, ya no puedo descartarlo como una simple fantasía.

Sigo creyendo en la ley de la atracción.

La diferencia es que ahora ya no estoy tan seguro de entender cómo funciona.


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