La frase que cambió nuestras vidas

En la entrada reciente sobre la Ley de la Atracción, trece años después conté que, después de años pensando en emigrar, llegó un momento en el que le pedí a Dios, al universo o a quien estuviera escuchando que me ayudara a encontrar una oportunidad.

Semanas después apareció.

Lo que nunca conté fue cómo.

Y, más específicamente, cómo una frase que dije casi sin pensarlo terminó cambiando por completo el rumbo de nuestras vidas.

Todo empezó con una mala noticia

Lo curioso es que todo empezó con una mala noticia.

Era 2017 y yo trabajaba en Monterrey para Accenture, una de esas enormes consultoras de tecnología que probablemente tienen empleados trabajando para empresas que uno ni siquiera imagina.

En mi caso, el cliente era Qualcomm.

Para entonces la cuenta había crecido muchísimo. Éramos alrededor de 80 personas trabajando para ellos desde diferentes áreas y equipos. El mío era relativamente pequeño: unas seis personas.

Llevaba más de un año trabajando directamente con un equipo ubicado en San Diego. Conocía sus sistemas, sus problemas, sus procesos y, probablemente más importante, ellos ya conocían mi trabajo.

Hasta que un día nos dieron la noticia.

Qualcomm había decidido terminar el proyecto.

No porque estuviéramos haciendo mal las cosas. De hecho, mi jefa en San Diego se tomó el tiempo de explicarme que tanto ella como su jefe estaban contentos con nosotros.

El problema era mucho más sencillo.

Dinero.

Las posiciones se iban a mover a India.

Así funciona a veces el mundo de la consultoría. Puedes hacer perfectamente tu trabajo y aun así desaparecer de un organigrama porque alguien encontró una columna en Excel que podía reducirse.

Yo sabía lo que aquello significaba. Tarde o temprano Accenture tendría que encontrarme otro proyecto.

Pero antes de terminar aquella conversación hice algo que, visto desde hoy, probablemente cambió el rumbo de mi vida.

Una frase al aire

Fue casi un comentario al aire.

Le dije a mi jefa:

—Mira, yo también estoy muy a gusto trabajando con ustedes. Si algún día se llega a abrir una vacante, por favor házmelo saber.

Eso fue todo.

No hubo un gran discurso. No estaba negociando un empleo ni sabía de ninguna vacante disponible. Fue simplemente una frase que se me ocurrió decir antes de terminar la conversación.

Qualcomm acababa de cancelar nuestro proyecto precisamente para ahorrar dinero. No parecía exactamente el mejor momento para pedirles trabajo.

Así que cerré la llamada y seguí con mi día.

En ese momento no tenía forma de saber que acababa de poner en movimiento algo que terminaría cambiando mi vida.

La llamada del día siguiente

Al día siguiente llegué a la oficina, prendí la computadora y me conecté como cualquier otra mañana.

A los pocos minutos recibí un mensaje de mi jefa.

“¿Me puedes marcar?”

Pensé que seguramente había alguna falla, algún pendiente o uno de los cientos de problemas normales que formaban parte del trabajo.

Le marqué.

Y entonces me dijo algo que definitivamente no esperaba escuchar.

Había hablado con su jefe.

Y existía la posibilidad de abrir una posición para mí.

Un día antes mi puesto estaba desapareciendo.

Veinticuatro horas después estaban viendo cómo contratarme directamente.

Obviamente dije que sí.

Todavía había un pequeño problema: yo era empleado de Accenture y ellos eran el cliente. Había que revisar contratos y cláusulas para asegurarse de que Qualcomm pudiera contratarme directamente.

Pasaron algunos días.

Finalmente llegó la respuesta.

Sí podían.

Y comenzó el proceso.

Lo extraño fue que prácticamente no hubo una entrevista como las que normalmente uno esperaría al cambiar de empresa.

Yo tenía la duda de si en algún momento tendría que sentarme con varios ingenieros del equipo para pasar por un proceso formal de entrevistas, pero después de más de un año trabajando con ellos todos los días, eso realmente tenía poco sentido.

Ya sabían cómo trabajaba.

Conocían mis fortalezas, mis limitaciones y seguramente hasta mis mañas.

En cierta forma, llevaba más de un año haciendo la entrevista.

Una palabra nueva: TN

Recuerdo que durante un viaje que estaba haciendo a San Miguel de Allende tuve una llamada programada con Recursos Humanos.

La tomé durante el trayecto.

Fue ahí cuando finalmente entendí que aquello iba en serio.

Ya no estaban evaluando si contratarme.

Me estaban explicando el proceso de contratación.

Y había una palabra nueva involucrada:

TN.

Qualcomm iba a ponerme en contacto con sus abogados para tramitar una visa de trabajo y llevarme a San Diego.

La puerta que llevaba años buscando acababa de aparecer.

Pero mientras todo aquello sucedía, del otro lado de mi vida laboral Accenture hacía exactamente lo que tenía que hacer.

Buscarme otro proyecto.

Y entonces apareció Disney.

Disney vuelve a aparecer

Lo curioso es que Disney ya había aparecido antes en esta historia.

Cuando entré originalmente a Accenture había sido contratado para trabajar precisamente en un proyecto de Disney relacionado con uno de sus parques. Pero apenas unas semanas después de entrar a la compañía, aquel proyecto se canceló y terminé “en la banca”, como le dicen en las consultoras a estar contratado pero sin cliente asignado.

Fue entonces cuando tuve entrevistas con Qualcomm.

Ellos me aceptaron y terminé trabajando en su proyecto.

Más de un año después, cuando Qualcomm estaba terminando, Disney volvió a aparecer.

Tuve una entrevista.

Y para mi sorpresa, una de las personas que estaba del otro lado se acordaba de mí de aquella primera ocasión.

Me aceptaron prácticamente de inmediato.

De pronto tenía frente a mí dos caminos.

Uno era bastante seguro.

Seguir en Accenture, entrar al proyecto de Disney y continuar mi vida en Monterrey.

El otro dependía de que un consulado de Estados Unidos decidiera estampar una visa de trabajo en mi pasaporte.

Y ahí apareció un detalle que me obligó a escoger antes de lo que hubiera querido.

Disney quería mandarme a Orlando para recibir capacitación.

Para hacerlo necesitaban tramitarme una visa.

Qualcomm, al mismo tiempo, estaba preparando mi proceso para obtener la TN.

No podía avanzar indefinidamente por los dos caminos y decidir tranquilamente al final cuál me convenía más.

El momento de apostar

Había llegado el momento de apostar.

Así que escogí Qualcomm.

En algún momento de esas semanas tuve que avisarle a Accenture que iba a dejar la compañía. No recuerdo exactamente con cuánta anticipación lo hice; probablemente una o dos semanas antes de mi salida formal.

Eso significaba que había llegado a un punto en el que ya no podía simplemente echarme para atrás y regresar al plan anterior si algo salía mal.

Mi cita en el consulado fue el 11 de mayo de 2017.

Mi renuncia formal a Accenture quedó fechada el 15 de mayo.

Para entonces la apuesta ya estaba hecha.

Afortunadamente, salió bien.

Me aprobaron la TN.

Y entonces comenzó otra locura: empacar una vida.

Porque una cosa es decir durante años que quieres vivir en otro país y otra muy diferente es darte cuenta de que tienes unas semanas para decidir qué te llevas, qué vendes, qué regalas y cómo metes tu existencia entera en unas cuantas maletas.

Diez días después

El 21 de mayo de 2017 llegamos a San Diego.

Diez días después de aquella cita en el consulado.

Pero esta, obviamente, no es toda la historia.

Hasta aquí he contado principalmente la parte laboral: el proyecto que se canceló, la llamada, la oferta, Disney, la visa y la renuncia. Es la historia vista desde el lado de las empresas, los contratos y las decisiones profesionales.

Del otro lado estaba pasando algo mucho más importante.

Estaba mi esposa, que de pronto recibió la noticia de que aquello que durante tanto tiempo habíamos hablado podía convertirse en realidad. Estaban nuestros papás, a quienes había que decirles que nos íbamos a vivir a otro país. Estaban nuestros amigos, las despedidas, los últimos días en Monterrey y esa extraña mezcla entre emoción y tristeza que aparece cuando finalmente consigues algo que deseabas mucho, pero conseguirlo implica dejar atrás buena parte de lo que conoces.

Esa parte merece su propia historia.

Porque conseguir el trabajo fue solamente lo que abrió la puerta.

Atravesarla fue otra cosa.

La frase que cambió todo

De vez en cuando pienso en aquella conversación con mi jefa y en lo fácil que habría sido no decir nada.

Pude haber agradecido, despedirme y colgar.

Pero por alguna razón agregué una frase más:

—Si algún día se abre una vacante, házmelo saber.

Una frase de unos cuantos segundos.

Nueve años después, buena parte de la vida que tengo comenzó ahí.

Probablemente habría terminado trabajando para Disney.

Quizá habría seguido algunos años más en Monterrey.

Quizá Australia habría vuelto a aparecer.

Quién sabe.

Como conté cuando regresé a este blog doce años después, durante mucho tiempo pensé que emigrar sería el resultado de algún gran plan perfectamente diseñado.

Y al final todo comenzó porque estaban cancelando mi proyecto.

Supongo que algunas puertas no se abren como uno espera.

A veces primero parece que te están cerrando una.

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