Cuando trabajar deje de ser obligatorio

Hace poco le hice a una inteligencia artificial una pregunta deliberadamente hipotética: «Si fueras una ASI, ¿cómo guiarías a los humanos hacia una sociedad altamente automatizada sin destruir la economía existente ni provocar revueltas?»

ASI significa superinteligencia artificial: una tecnología hipotética capaz de resolver problemas mucho mejor que nosotros y que, junto con robots cada vez más capaces, podría producir buena parte de lo que hoy producimos mediante trabajo humano. No sé si llegaremos a ese punto ni cuándo. Me interesaba pensar en la transición: ¿cómo se llega de la economía que conocemos a otra muy distinta sin dejar a millones de personas sin sustento?

Hace unas semanas escribí sobre lo que haría hoy para conseguir trabajo en Estados Unidos desde México. Esta conversación me llevó a una pregunta que parece contradecir aquella entrada: ¿qué pasaría si, algún día, conseguir trabajo dejara de ser necesario para vivir?

La respuesta de la IA partía de una idea que me pareció sensata: no sustituir el sistema de golpe. No se trataría de anunciar el fin del capitalismo un lunes por la mañana, sino de reducir poco a poco cuánto dependemos de un salario para sobrevivir. Si las máquinas pudieran hacer la mayor parte del trabajo, la dificultad no sería únicamente producir suficiente. También habría que encontrar la manera de que todos pudiéramos vivir de lo producido, sin quitarle a millones de personas su sustento de un día para otro.

Primero, ganar tiempo

La salida más tentadora para una empresa sería sustituir a tantas personas como pudiera apenas la tecnología se lo permitiera. Para la sociedad, el resultado podría ser desastroso. Si desaparecen los salarios antes de que exista otra fuente de ingresos, también desaparece la capacidad de comprar aquello que las máquinas producen.

Yo preferiría una transición más lenta. Durante un tiempo, la inteligencia artificial serviría principalmente para que las personas hicieran mejor su trabajo y produjeran más. Si ese aumento de productividad se compartiera, el primer beneficio podría ser una semana laboral más corta: pasar gradualmente de cuarenta horas a treinta y dos, después a menos, sin que cada hora liberada se convierta en una persona desempleada.

El primer dividendo de la automatización debería ser tiempo, no desempleo. Tiempo para cuidar a la familia, descansar, aprender algo nuevo o simplemente vivir fuera de la oficina.

Vivir sin depender de un solo salario

Reducir la jornada no bastaría. Hoy existe un circuito del que dependemos casi todos: trabajamos, recibimos un salario, compramos cosas y así sostenemos a las empresas que nos emplean. Una automatización demasiado rápida podría romperlo.

Habría que construir otras fuentes de ingreso antes de que el empleo perdiera peso. Imagino una combinación de salarios, servicios públicos, créditos o transferencias y dividendos procedentes de empresas e infraestructura automatizadas. Una persona podría depender cada vez menos de su sueldo, sin tener que cruzar de golpe el abismo entre tener trabajo y quedarse sin nada.

Pero repartir dinero tampoco resolvería todo. Si una familia recibe más y la vivienda, la salud o la energía absorben inmediatamente ese aumento, su vida cambia muy poco. Por eso una parte esencial de la transición sería reducir el costo de vivir bien: construir viviendas con mayor eficiencia, abaratar la energía y el transporte, y ampliar el acceso a salud y educación. Algunas de estas cosas son difíciles por razones que ninguna computadora puede resolver por sí sola, como la falta de suelo disponible o las decisiones políticas. Aun así, deberían ser prioridades.

Ser dueños de una parte

También importa quién posee las máquinas. Si unas cuantas compañías fueran dueñas de casi toda la inteligencia artificial, los robots y las fábricas, mientras el resto recibiera cheques para sobrevivir, la abundancia tendría una base muy frágil. Dependeríamos permanentemente de lo que los propietarios y los gobiernos decidieran repartir.

Fondos públicos, fondos de pensiones o cuentas ciudadanas podrían tener participación en esa infraestructura y distribuir sus rendimientos. No sería una fórmula única ni sencilla, pero sí una forma de hacer que más personas fueran copropietarias de la productividad que nos rodea. Hay una diferencia entre sentir que recibes ayuda porque ya no eres necesario y saber que recibes una parte de algo que también te pertenece.

Por supuesto, una superinteligencia no debería decidir por su cuenta cuánto empleo eliminar o cómo repartir la riqueza. Son decisiones humanas, con consecuencias políticas y personales, que necesitarían debate público y reglas capaces de corregirse.

La pregunta que queda después del dinero

Incluso si resolviéramos los ingresos, faltaría algo más difícil. Durante mucho tiempo hemos respondido “¿a qué te dedicas?” como si la respuesta explicara quiénes somos. El trabajo paga las cuentas, pero también nos da rutina, comunidad, reconocimiento y la sensación de que hacemos falta.

Por eso no imagino un futuro deseable en el que las máquinas hagan todo y nosotros solo consumamos entretenimiento. Seguiríamos abriendo restaurantes, creando empresas, investigando, enseñando, haciendo arte o construyendo cosas que a otros les parezcan innecesarias. La diferencia sería poder elegir esos proyectos sin que de ellos dependiera la comida del mes.

El dinero tampoco desaparecería. Siempre habría cosas escasas: un terreno en una ubicación deseada, un objeto único, el tiempo y la atención de otra persona. Pero si la energía, el conocimiento, el transporte y muchos bienes cotidianos costaran mucho menos, necesitaríamos menos dinero para vivir con dignidad.

Quizá por eso el futuro no se parezca exactamente ni al capitalismo ni al socialismo que conocemos. Ambos surgieron en un mundo donde el trabajo humano era indispensable para producir y donde muchas cosas eran difíciles de conseguir. Una economía de inteligencia y producción automatizadas cambiaría esas condiciones, aunque no eliminaría toda la escasez.

No sé si veremos ese mundo. Sí sé que, si alguna vez llega, la velocidad de la tecnología no debería superar nuestra capacidad de compartir sus beneficios. La meta no sería demostrar que los humanos ya no hacen falta. Sería llegar a un punto en el que sobrevivir deje de ser una obligación económica y construir una vida con sentido siga siendo una elección nuestra.

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