martes, 28 de julio de 2026

El Monterrey en el que crecí ya no existe

No lo digo como un reproche. Las ciudades tienen derecho a transformarse. Monterrey sigue en el mismo lugar, rodeado por las mismas montañas, bajo el mismo calor y con el Cerro de la Silla levantándose sobre el horizonte. La geografía permanece; lo que desapareció fue el mundo que le daba sentido.

Nací en 1988 y viví ahí hasta 2017. Fueron veintinueve años: toda mi infancia, mi adolescencia y el comienzo de mi vida adulta. Ahí aprendí a caminar, a orientarme, a manejar, a trabajar y a imaginar quién quería ser.

En el Monterrey de mi infancia, las montañas parecían marcar los límites del mundo conocido. El Cerro de la Silla no era una postal, sino una brújula. Las direcciones se explicaban usando negocios, casas y esquinas que todos parecíamos conocer. Los lugares no eran puntos guardados en un teléfono, sino historias compartidas.

Era una ciudad anterior a las redes sociales y a la necesidad de dejar constancia de cada momento. La gente podía desaparecer durante algunas horas sin que nadie se alarmara. Había tiempo para aburrirse, esperar, caminar y aprenderse las calles simplemente por haberlas recorrido una y otra vez. Los recuerdos se vivían antes de convertirse en fotografías.

Sin embargo, la transformación más profunda de Monterrey no es la que puede verse en sus edificios. Es la que ocurrió en su ambiente moral.

Recuerdo una ciudad moderna e industrial, pero socialmente conservadora. Los domingos, las iglesias se llenaban. La fe ocupaba un lugar visible en la vida de muchas familias y existía un conjunto de valores que, aunque nunca fue seguido por todos, servía como referencia común. El matrimonio, la fidelidad, la responsabilidad y la formación de una familia eran aspiraciones centrales, no simples alternativas dentro de una larga lista de posibilidades.

Aquel orden también tenía defectos. Podía confundir la virtud con las apariencias, juzgar con dureza y esconder contradicciones detrás de una fachada respetable. No todo tiempo pasado fue mejor. Pero tampoco creo que toda restricción antigua haya sido opresión ni que toda nueva libertad represente necesariamente un progreso.

La liberalización de las costumbres dio a muchas personas mayor autonomía y corrigió injusticias reales. Al mismo tiempo, desde mi perspectiva conservadora, también debilitó ciertos compromisos y normalizó conductas —como la promiscuidad— que antes no se presentaban como algo deseable. No extraño una sociedad que se sintiera con derecho a controlar la vida ajena. Extraño una cultura convencida de que la familia, la fidelidad y la responsabilidad eran cosas valiosas que debían cuidarse.

Ese conservadurismo convivía con otra característica profundamente regiomontana: la ambición.

Todos soñábamos en grande. O, por lo menos, así se sentía.

Existía la idea de que había que trabajar, crecer, construir algo y llegar más lejos que la generación anterior. Los padres querían que sus hijos los superaran. Los jóvenes imaginábamos carreras, empresas, casas, proyectos y familias. Monterrey nos enseñaba que el futuro no se recibía: se levantaba con esfuerzo.

Era una ciudad exigente y, en ocasiones, dura, pero siempre parecía mirar hacia adelante. Tenía esa inconformidad productiva de quien piensa que todavía queda algo más grande por construir.

El Monterrey actual parece ser la prueba material de que aquel sueño se cumplió. Su horizonte tiene más torres, sus avenidas llegan más lejos y la ciudad ha adquirido una dimensión que habría sido difícil imaginar durante mi infancia. Pero su propio crecimiento también me provoca una duda: ¿Monterrey cumplió su sueño o terminó perdiéndose dentro de él?

No sé si los jóvenes de hoy continúan soñando como soñábamos nosotros. Probablemente lo hacen, aunque con otras aspiraciones y otro lenguaje. Lo que ya no alcanzo a percibir es aquel horizonte común, la sensación de que toda la ciudad avanzaba hacia una misma dirección. Monterrey aprendió a vivir en grande; no estoy seguro de que todavía sueñe en grande de la misma manera.

Cuando me fui en 2017, creí que dejaba atrás una ciudad que permanecería esperándome. No entendía que ese Monterrey ya llevaba tiempo despidiéndose. Habían aparecido nuevas avenidas y edificios; algunos negocios habían desaparecido y las distancias se habían vuelto más largas. Pero el cambio verdadero no estaba en el concreto: nuestros padres habían envejecido, las familias comenzaban a dispersarse y los amigos tomaban caminos distintos.

Las ciudades no esperan a nadie.

Por eso, cuando regreso, experimento una sensación extraña: reconozco casi todo, pero ya no pertenezco por completo a nada. Algunas rutas requieren ahora la ayuda del teléfono. Ciertos lugares parecen más pequeños y otros han perdido el significado que alguna vez tuvieron. Sigo sabiendo que estoy en casa, aunque esa casa ya no sea la mía.

A veces creemos que extrañamos una ciudad cuando en realidad extrañamos a quienes éramos dentro de ella. Extrañamos a nuestros padres más jóvenes, a la familia reunida, a los amigos que vivían cerca y a nosotros mismos cuando todavía teníamos casi toda la vida por delante. No queremos volver solamente a una calle o a una casa: queremos regresar a una época. Y a las épocas no se puede regresar.

Aun así, aquel Monterrey vuelve de vez en cuando. Está en el acento de alguien, en el olor de la lluvia sobre el pavimento caliente, en una carne asada, en las campanas distantes de una iglesia o en la silueta de una montaña que, por un instante, me hace sentir que el tiempo no ha pasado.

El Monterrey en el que crecí ya no existe porque pertenecía a una combinación irrepetible de personas, valores y momentos. Pero fue ahí donde aprendí a creer, a trabajar y a soñar en grande.

Yo me fui de Monterrey en 2017. Solo con los años entendí que una parte de aquel Monterrey se había venido conmigo.

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